
Se pelearon para no ir a mi estómago,
todas las palabras que le gritaban a mi conciencia,
se fueron inflando hasta formar una bola que se atascó en mi esófago.
Estaban furiosas porque no las dejé salir,
no les permití cobrar vida en el aire,
mientras mi mente se sofocaba con lo prohibido.
Desde el otro lado me observaban,
mis comportamientos no eran bien recibidos,
por lo que pensar tenía una barrera de restrincción.
No lo veía hasta que dejé de mirar
y empecé a ver con los ojos cerrados.
Lo que me definia no era yo, eran ellos.
Corrí, sin descanso, corrí.
Me paré frente al espejo,
abrí mi boca y no salió nada.
Dejé que mi reflejo me hable,
su idioma no tenía palabras,
solo figuras se empañaban en el vidrio.
Reían porque creían que me habían matado,
pero no supieron entender cuan lejos había llegado.