En cada cajón se esconde el tiempo pulverizado,
Que intenta revivir cada vez que uno lo abre.
Lucha por liberarse del sabor húmedo de la cotidianeidad,
Agazapándose cada vez que escucha pasos, para atacar al aire.
Cuando por fin logra escabullirse entre los recuerdos de naftalina,
Sale disparado con los rayos del sol,
Que se escurren en una persiana medio muerta, medio viva.
Te envuelve, hasta enceguecerte,
Y entra por tu laringe, rasguñando tus pulmones con horas gastadas.
Te dan tantas náuseas que vomitas hasta volverte polvo,
Y te agazapas, cuando escuchas pasos que se acercan al cajón, para intentar liberarte.
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