
El niño descalzo me está mirando.
Yo estoy sentada en el bar tomando un café y comiendo un tostado.
El teléfono me suena pero mis oídos están nublados y mis ojos Hipnotizados.
Que frío que hace! Por suerte traje mi abrigo.
Pero el niño no tiene remera, no tiene zapatos. Está solito, y sus ojos se clavan en mi.
No puedo comer en frente de él, no puedo tomar.
Me siento gorda, angurrienta, egoísta. Porque al niño se le salen los huesos, sus muñecas son débiles como las alas de un pájaro.
El niño no puede pelear, ni tampoco correr. Sus pies son chiquitos y se pueden lastimar en las calles duras y oscuras, duras como sus días.
Él sale de su no-casa a pedir limosnas para su no-vida. El nene no llora, no juega, no habla.
Su voz se la quitó el poder y la injusticia: las enfermedades más grandes del mundo.
El niño estira su brazo hacia mí y yo me pregunto ¿qué puedo hacer por él?
Mis monedas no son más que mentiras, y mis lágrimas no son más que polvo mágico.
No puedo llevármelo, no puedo curarlo, no puedo criarlo. Y mis monedas siguen siendo mentiras. Entonces ¿qué hago con él? “¡Pensà! Pensà!” ¿Qué hago?
¿Me doy vuelta y camino los pasos del silencio o le regalo las mentiras? Sí, eso. ¡Tomá!
Ahora podés comprarte una ilusión, podés mostrarle a tus papás lo bueno que es morder un pan que no sea de la basura. ¡Tomá! Con estas monedas yo seré una necia al pensar que te ayudé, pero tus pies de hielo jamás olvidaré.
1 comentario:
Muy bueno y muy cierto. Me gustó mucho. Un beso... Te sigo.
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